jueves, 18 de febrero de 2010


Eran las cinco y media de la mañana cuando Argentina empezaba a amanecer.
Ella no tenía sueño sino la ardiente y dura necesidad de soledad. Fue allí mismo cuando, cansada, salió a volar, pero no como los pájaros, sino de la manera que ella sabía hacerlo, aún más alto. Los edificios traían tristeza, la extraña anoranza de aquello que hasta ese momento, resultaba imposible. Las preguntas existencialmente necesarias y no por eso menos agobiantes, esas certezas ineludibles para los de carne y hueso. Y entonces, cuando sus heridas parecían sangrar por el tiempo, llegó el momento de llorar, repentinamente y sin motivos. Extrañaba a un desconocido, sí, era realmente una locura para los que creen en la cordura. Estaba lejos, triste, sola: buscando amor. Aferrada a una historia totalmente lejana a la realidad, a la razón.
Necesitaba de él para soñar, necesitaba de un extraño que no sabía de su existencia. Algunas veces hacía barquitos de papel y soñaba con ir a buscarlo, para decirle, entre la gente, que lo necesitaba para vivir. Otras, escribía su propia historia en un papel sólo para sentirse la protagonista de un cuento de amor donde exponía su increíble y loco deseo por un hombre que nunca conoció y que jamás supo de sus sueños, pero que, de cualquier manera, amaba con locura. Bendita sea esta distancia capaz de fortalecer tanta mágia y amor, maldita también la que provoca dolor.

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