
Convivo con esta soledad que me quema las pestañas, con esa monotonía que apaga motores y enciende nostalgia. Sobrevivo a la insolencia de mi cobardía y a los gritos ahogados entre éstas paredes blancas. Con el corazón a medio pulir y las mejillas gastadas, corro sin ir a ninguna parte, sin avanzar ni retroceder, afirmando que ninguna otra lágrima volverá a caer si te veo sonreír en mi alma.

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